Código del oeste
Código del oeste —Escucha, pues, y no me interrumpas hasta que no haya desahogado todo lo que tengo en el pecho —continuó Tuck—. He observado a Georgiana bien de cerca, fijándome en todo lo concerniente a ella durante estas últimas cuatro semanas. Sabes que vino acá para restablecer su salud, y al principio adelantó mucho. Bueno: ahora está perdiendo lo ganado. Ya no monta a caballo, ni anda al aire libre, como antes. Se metió en su cuarto, como una marmota, hasta que la hermana le armó tal gresca que tuvo que salir de allÃ, quisiera o no quisiera. Pero ha perdido su antigua vivacidad. Eso no puede durar. Acabará escapándose o haciendo alguna tonterÃa peor. A la señorita Mary se le ha agotado la paciencia, y no es extraño. Además, como es natural, desde el escándalo aquel del baile, los Thurman se muestran un poco frÃos. La situación es mala para Georgie. Todo el mundo interpreta mal tu actitud. Creen que también tú le has dado de lado. Semejantes chismes llegan a oÃdos de la chica. Me aventurarÃa a asegurar que ella imagina actualmente que te odia. He comprobado que cuando menciono tu nombre se inflama como el fuego. Pero quizás eso es una buena señal. No obstante, opino que no te convendrÃa mosconear como un tonto alrededor de ella… Bueno, últimamente, la semana pasada, he visto ciertas cosas que no me han hecho maldita la gracia. En primer lugar, Bid Hatfield estuvo en la casa para visitar a Georgie.