Código del oeste
Código del oeste —No exactamente. Eso serÃa demasiado suave para Georgiana. Yo, en tu caso, la acecharÃa en un lugar adecuado…, me apoderarÃa de ella a la fuerza…, simularÃa la ferocidad de un gorila…, le meterÃa en el cuerpo un susto que no se le quitara en una semana… y me casarÃa con ella antes de que se le pasara el miedo.
—¡Oh Tuck…, has perdido el juicio! —replicó Cal con desaliento. Sin embargo, la absurda proposición no dejó de interesarle, pues observó—: Ella tendrÃa que consentir en lo del casamiento.
—Naturalmente. Pero el miedo la harÃa no negarse. Cal, amigo mÃo, no conoces a las mujeres, y menos aún a estas mocitas modernas. Nos miran con resentimiento. Es la herencia, a través de las generaciones, y éstas de ahora piensan que pueden desquitarse. En parte lo consiguen, lo admito; pero es un experimento que les cuesta caro. Ahora bien, si quieres tener a tu damita, pongámonos de acuerdo para la gran maniobra.
—Estoy dispuesto a hacer cualquier cosa, siempre que no sea nada deshonroso —le previno Cal.
—Compadre, hacer que esa chiquilla salvaje se case contigo no tendrá nada de censurable, créeme. Es más, me atrevo a asegurar que será la salvación de ella y un inmenso beneficio para Mary Stockwell.
—¡Ajú! Si puedes probar eso, habla pronto —dijo Cal con viveza.