Código del oeste

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La cena había sido demorada, esperándole a él, y en cuanto le vieron aparecer, estallaron los muchachos en un clamoroso alarido, apresurándose a ocupar sus puestos en la mesa. La madre observó que atraía cara de pascuas, y la hermana le preguntó si creía que era domingo, pues venía tan limpio y recién afeitado.

Mary y Georgiana llegaron las últimas, yendo a sentarse al extremo de la larga mesa. Cuando vieron a Cal, le saludaron afectuosamente. Georgiana le dijo:

—¡Hola, Cal! ¿Cómo está? Le aseguro que no se le conoce que haya pasado tantos días acarreando troncos.

El mozo inclinó la cabeza sobre el plato. ¡Qué dulce resonaba a su corazón aquella voz! Por un instante se le nublaron los ojos. Sólo el escucharla le trastornaba por completo. Y le vino al pensamiento que lo que le sostenía y animaba era el propósito de poner pronto en obra el plan urdido. Bendijo en su interior a Tuck Merry por habérselo propuesto. No volvió a mirar a Georgiana durante la alegre comida, y cuando pasaron todos a la sala, la joven se retiró pocos minutos después, y Mary se acercó a Cal para estrecharle la mano.

—¿Cómo le ha ido, Cal? —le preguntó, amable, escudriñándole el rostro con ansiosa mirada.


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