Código del oeste
Código del oeste —AsÃ, asÃ, maestra. De regular a mediano —contestó el muchacho alegremente—. ¿Y cuándo es el gran dÃa para usted y Enoch? Tengo en vista un buen regalo de boda.
—Se lo diré tan pronto lo decidamos.
—Y Georgie, ¿cómo está? —prosiguió él, como al acaso.
—¿No se fijó en ella?
—Particularmente, no. ¿Por qué?
—Porque hubiera notado algún cambio.
—¡Ajú! ¿Está enferma?
—En apariencia se encuentra bastante bien, pero adelgaza y pierde los colores. Estoy muy preocupada, Cal. Georgie… Pero no lo diré ahora. Más adelante, pronto, cuando podamos hablar con comodidad.
—Perfectamente, maestra. Cualquier cosa que esté en mi mano… Usted me conoce —dijo con seriedad. El tono de voz de Mary, su mirada, actuaban sobre el corazón de Cal como una losa de plomo.
—Ahora, nada más que unas pocas palabras —continuó ella bajando el diapasón y llevándose al muchacho un poco aparte. Titubeó algo, casi balbució, con cierta expresión de anhelo en los claros ojos—: Cal, le encuentro cambiado. Más viejo…, más hombre. Me gusta más su cara que antes. Ha debido de sufrir… Vamos, dÃgame con franqueza: ¿se le pasó ya?
—Si se me pasó… ¿qué?