Código del oeste

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—Su… enamoramiento por mi hermana —explicó en un susurro.

—¿Puedo fiarme de usted?

—¡Oh, Cal…! Sí…, ¿qué duda cabe? —le respondió.

—Yo, por mi parte, le confieso que espero que todavía la quiera.

—Escuche, pues —continuó él inclinándose para hablarle casi al oído—: amo a Georgie… más que nunca.

Tuvo su recompensa en el destello de satisfacción que cruzó por la apenada cara de su bella oyente. Y, de paso, se fijó en que también ella parecía algún tanto pálida y delgada. No era él, ciertamente, el único a quien estaba Georgiana causando penas y desazones.

Al día siguiente solicitó Cal los servicios de Tuck, quien, dejando de concurrir al aserradero, le acompañó a Ryson, donde cargaron el automóvil grande con provisiones y utensilios necesarios para el homestead de Rock Spring y con regalos de Navidad. Fue la falta de capacidad del coche, no la consternación de Tuck, lo que obligó a Cal a dejar de hacer más compras. Regresaron luego a Green Valley, y pasaron el resto del día acondicionando las numerosas adquisiciones.


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