Código del oeste

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—Ya lo sabrás… cuando estemos allá —contestó él yendo en busca del caballo. Montó y le tendió la mano, diciendo—: Pon un pie en el estribo y yo tiraré de ti.

No creía que le obedeciera, y se preparaba a perseguirla por el bosque. Pero, evidentemente, a Georgiana no se le había ocurrido la idea de escapar. Ayudada por él, subió, colocándose a mujeriegas en la parte delantera de la silla. Cal cogió la brida con la mano derecha, y con el brazo izquierdo rodeó el delgado talle. Ella le rechazó, diciendo:

—Déjeme en paz. No necesito que me sostenga.

Entonces Cal puso el caballo al trote, y Georgiana tuvo dificultad en mantenerse en su sitio. Con la mano izquierda enredada en la crin del animal, y con la derecha agarrada al pomo de la silla, se aferró todo lo que pudo. La senda estaba libre de malezas, pero subía y bajaba por el terreno pedregoso.

—Hágalo ir al paso, o me caeré —dijo Georgiana al poco rato.

—Perfectamente. Cáete. Ya te recogeré —contestó Cal.


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