Código del oeste
Código del oeste —¡Ajú! ¡Lo mismo que a un perro rabioso! —respondió Cal en el tono duro y hosco que había asumido desde el comienzo de la aventura.
—¡Oh santo Cielo! ¿Qué es lo que he hecho yo? —imploró llorosa, como si de repente le remordiera la conciencia.
—A mi juicio, has hecho demasiado.
—¿No se trata de alguna broma pesada… de esas que ustedes acostumbran a darse en el Tonto… para… para…?
—¡Oh, la cosa es bien seria! —le interrumpió él, con aire sombrío, aunque riéndose por dentro.
Entonces apartó ella la vista para fijarla en el bosque, aunque sin verlo. Cal aprovechó la oportunidad para examinarla a su gusto. Era bien notable el decaimiento en su salid. El color moreno, la redondez de las mejillas, el aspecto de robustez, ganados durante la primera parte de su permanencia en Green Valley, habían desaparecido. Cal experimentó la sensación de que su piedad, sus temores y su amor acabarían por ponerlo hecho un tonto. Como se pusiera ella a llorar y a suplicar, estaba perdido. Pero Georgiana no lloró ni suplicó. ¡Tanto mejor!…
—Vamos, levántate —ordenó finalmente Cal—. No quiero perder más tiempo.
Se levantó, sin auxilio ajeno.
—¿Adónde me lleva?, —quiso saber.