Código del oeste
Código del oeste Rápidamente se hizo cargo Cal del significado de aquellas palabras y de la mirada con que las acompañó. Ella creía que él la había golpeado durante la pelea sostenida para libertarse. Y a él le fue casi imposible dominarse para no confesar la verdad, haciéndole saber que se había desmayado al chocar contra una rama. Mas ya se lo diría en otra ocasión. Su aguda perspicacia le permitía ver que, en aquel instante, la muchacha le contemplaba con asombro y miedo. No obstante, no había odio en sus pupilas. Él esperaba que le demostrara su furia y su desprecio por haber sido tan bruto. Pero, a la verdad, la chica no reaccionaba en la forma que él se había imaginado.
—¿Puedes sentarte? —le preguntó secamente.
—Creo que sí —y, con su ayuda, se incorporó, hasta quedar sentada Mas no se reponía tan prestamente como él había supuesto. El corazón lo tenía en un puño. ¿Dónde estaban el ardor y el atrevimiento de la señorita Georgiana Stockwell? Ésta continuaba mirándole con tal fijeza, que Cal tuvo gran dificultad en disimular su confusión. Exprimiendo el pañuelo hasta dejarlo casi seco, se lo colocó de nuevo alrededor del cuello.
—Cal…, dígame… ¿Habría matado a Bid Hatfield… si yo no me hubiera hecho responsable de todo? —preguntó en voz baja.