Código del oeste
Código del oeste Tuvo que deslizarse de la silla con sumo cuidado, mientras sostenía a Georgiana sobre el caballo. Después la tomó en brazos y fue a depositarla a la sombra de unos árboles. La muchacha se movió, pero aún mantenía cerrados los ojos Corriendo hacia el agua, empapó el pañuelo que llevaba a modo de corbata y regresó en seguida para bañar con el fresco líquido el pálido rostro. A los pocos segundos recobró la joven el conocimiento. Abrió los ojos, llenos de vago temor. Al ver a Cal, arrodillado a su lado, pareció relacionar su presencia con cuanto había acontecido. El mozo advirtió que su postrada compañera hacía un movimiento de instintiva defensa. Palabras de amor, de pena y vergüenza, temblaban en los labios de él. Pero se los mordió para guardar silencio. Allí estuvieron, mirándose el uno al otro, durante un buen rato. Luego, la mirada de ella vagó por los alrededores: se fijó en el caballo, en el extraño lugar, en medio del bosque, y finalmente volvió la vista hacia Cal, mostrando en los ojos cierta comprensión de las peculiares circunstancias.
—¡Me golpeó usted…, haciéndome perder el sentido! —murmuró admirada y casi con horror.