Código del oeste

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XIII

La senda estaba invadida por la maleza, y, por más esfuerzos que hacía, Cal no lograba impedir del todo que Georgiana sufriera el contacto de las espinas y ramas. No obstante, se las compuso de forma que la cara no recibiera el menor daño.

El desmayo se prolongaba tanto que comenzó a alarmarle. Sin embargo, no quería admitir que estuviera herida, a despecho de la magulladura que se le veía en la frente y que se le iba hinchando lentamente, mientras la sangre comenzaba a fluir de nuevo. Tal vez la rama le había pegado con mayor fuerza de lo que creyó al principio. ¡Qué extrañamente calmoso parecía respecto a la posibilidad de que la lastimadura fuera de importancia! El mismo no comprendía cómo podía tomarlo tan a la ligera.

Pero cuando descendió, por la falda de la colina, hasta un ancho y arbóreo valle por el cual pasaba el pétreo lecho de un arroyo, se desvió de su ruta para buscar agua. Era un lugar árido y oloroso. Grupos de pinos alternaban con las encinas y los enebros. Tenía que marchar en zigzag por entre los árboles, para abrirse paso. Por fin, junto a unos sicómoros que todavía conservaban parte de su follaje, matizado de oro y pardo, halló una pequeña y clara laguna bordeada de piedras.


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