Código del oeste
Código del oeste La senda estaba invadida por la maleza, y, por más esfuerzos que hacía, Cal no lograba impedir del todo que Georgiana sufriera el contacto de las espinas y ramas. No obstante, se las compuso de forma que la cara no recibiera el menor daño.
El desmayo se prolongaba tanto que comenzó a alarmarle. Sin embargo, no quería admitir que estuviera herida, a despecho de la magulladura que se le veía en la frente y que se le iba hinchando lentamente, mientras la sangre comenzaba a fluir de nuevo. Tal vez la rama le había pegado con mayor fuerza de lo que creyó al principio. ¡Qué extrañamente calmoso parecía respecto a la posibilidad de que la lastimadura fuera de importancia! El mismo no comprendía cómo podía tomarlo tan a la ligera.
Pero cuando descendió, por la falda de la colina, hasta un ancho y arbóreo valle por el cual pasaba el pétreo lecho de un arroyo, se desvió de su ruta para buscar agua. Era un lugar árido y oloroso. Grupos de pinos alternaban con las encinas y los enebros. Tenía que marchar en zigzag por entre los árboles, para abrirse paso. Por fin, junto a unos sicómoros que todavía conservaban parte de su follaje, matizado de oro y pardo, halló una pequeña y clara laguna bordeada de piedras.