Código del oeste

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—¡Está hecho! —dijo Cal como si se dirigiera al bello paisaje que tenía delante. Desde la cumbre de una colina tendió la vista en torno y contempló el suave color verde-gris de los matorrales y el rojo de las rocas. Parecía existir cierta peculiar afinidad entre aquella salvaje Naturaleza y él. La tierra, las plantas, las rocas, le miraban con sus invisibles ojos. Y él, a su vez, les correspondía gozoso Estaba transportado de júbilo, y sin embargo, con el corazón temeroso, a causa de la palidez e inmovilidad del semblante de Georgiana. Un arañazo en la frente mostraba pequeñas gotas de sangre. Cal se las quitó con un beso, y luego, llevado de ciego impulso, unió su boca a la de ella, en una ardiente caricia. Cobarde y ladrón, sí; pero no pudo resistir el ansia de besar aquellos labios, una y otra vez. No era, en verdad, la primera ocasión en que lo hacía; pero ¡qué distinto ahora! Pues ahora le pertenecía.








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