Código del oeste
Código del oeste Después, como dejara caer, inerte, la cabeza sobre uno de los hombros de él, se dio cuenta de que estaba desmayada. En aquel momento, todo lo que podía hacer era sostenerla y procurar que estuviera cómoda. Más allá, pasadas unas alturas, había agua, y si no volvía en sí antes, cuando llegaran a tal lugar procuraría reanimarla. Afortunadamente, la senda que seguían estaba ya libre de ramas bajas, y a poco más andar comenzaron a subir por una pendiente de escasa vegetación. ¡Qué agradable encontró Cal la franca luz del sol! Notó que su cautiva había perdido el sombrerito de fieltro. No había tiempo que desperdiciar, volviendo atrás a buscarlo. El cabello, suelto, caía sobre los brazos del mozo, y algunos bucles se agitaban con el viento.