Código del oeste
Código del oeste Habiéndole dejado Cal la boca libre, para no sufrir más la acción de los agudos dientes, le increpó ella:
—¡Maldito sea…, Cal Thurman! ¿Soy por ventura una india, para que me lleven de este modo?
Por un momento, la situación fue en extremo incómoda para el muchacho. Georgiana se retorcía entre sus brazos, le abofeteaba y le hacía casi imposible sostenerla y guiar al caballo bajo las ramas Recibió varios golpes del ramaje, y una vez estuvo a pique de ser derribado. Luego, una rama gruesa chocó contra la cabeza de la enfurecida prisionera, con tal violencia, que repentinamente dejó ésta de sacudirse y pelear. Cuando se estuvo quieta, Cal experimentó la más extraña sensación de toda su vida. No acertó a comprender lo que era. Pero la mezcla de temor, cólera y vergüenza con la cual había estado bregando, se trocó de súbito en una singular, profunda, vaga alegría, cual si hubiera resurgido en él una antigua emoción, hondamente arraigada en su ser. La estrechó fuertemente entre los brazos. ¡Qué delicada y frágil era! ¡Parecía imposible que semejante cuerpecillo contuviera tanto espíritu!