Código del oeste

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—Déjeme… le digo —jadeaba—. ¿Está loco o borracho? Cal Thurman, no iré con usted. ¡Hombre, usted es peor que Hatfield!

Al oír esto le dio él tal tirón, que la hizo perder el equilibrio, y hubiera caído, de no cogerla con un brazo. Siguió conduciéndola casi en vilo. Al ver el caballo que su raptor tenía prevenido, se le desmadejó el cuerpo.

—¿Qué se propone hacer? —murmuré trémula.

Él no respondió. Desatar la brida con una sola mano no era fácil, pero logró hacerlo. Luego, mudando la forma de sujetar la presa, intentó montar. Esto era aún más difícil. Finalmente, la solté, montó de un brinco, y volvió a cogerla antes de que pudiera dar un paso. El caballo era de toda confianza, pero brioso, y los movimientos que hizo el animal, extrañado por las manipulaciones de su dueño, obligaron a éste a tirar de la muchacha, alzándola en vilo. Ejerciendo toda su fuerza, la levantó, hasta poder agarrarla con las dos manos, y la colocó de través en la parte delantera de la silla, donde había colocado una manta para evitar que la joven se lastimara. Al ponerse por fin en marcha, Georgiana comenzó a gritar, pero Cal le tapó bruscamente la boca con una mano. Impedida de pedir socorro, luchó desesperadamente, mordiéndole la mano como un gato montés, agitándose como una furia y manoteando a diestra y siniestra.


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