Código del oeste

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—Veo dos jinetes —exclamó Georgiana mostrándose animada por primera vez, desde que comenzó el extraño viaje.

—¡Ajú! —respondió Cal.

—¡Por amor de Dios! ¿Ha perdido el habla? —le increpó la joven—. Me va a hacer volver loca. ¿Qué es lo que pretende?… ¡Esos hombres!… Pediré socorro.

—Enhorabuena. ¡Para lo que te va a servir!… —repuso Cal, a la desesperada. Si su prisionera gritaba, tendría que hacerla callar, fuera como fuese. Puesto que toda su rudeza y crueldad era pura simulación, pensó que tendría que seguir fingiendo, para mantenerse en carácter, y ya se vería hasta dónde podía llegar. Sin embargo, ella no gritó, pero su languidez había desaparecido. Ahora se mantenía erecta, vivaz, excitada, e inadvertidamente cogida por un brazo de él. Atravesaron un grupo de hermosos pinos, desembocando en el claro. La cabaña estaba cerca. Dos caballos estaban atados a unos arbolillos. Sus dueños, manifiestamente, se hallaban en el interior de la cabaña, pues de la chimenea salía una delgada columna de humo.



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