Código del oeste
Código del oeste —¿Cómo está, párroco? —intervino entonces Cal sacudiendo vigorosa y cordialmente la diestra del eclesiástico—. Es gran bondad suya el haber acudido tan pronto. ¿Sabe usted…? Georgie y yo hemos tenido que vencer algunas dificultades… para poder casarnos. Tuvimos que venir a campo traviesa, para evitar el encontrarnos con nadie. Le ruego, pues, que apresure la ceremonia.
—MagnÃfico —contestó Tuck con entusiasmo—. Dense las manos, compadre, que en un periquete habrá terminado el asunto.
El muchacho obedeció en el acto, tan emocionado, que la pequeña, oscura y humosa estancia giraba en torno suyo, y de lo único que estaba cierto era de que la manecita de su amada temblaba entre la fuerte diestra de él. OÃa confusamente al oficiante; escuchaba (casi sin entenderlas) las preguntas y respuestas de ritual, en que tanto su propia voz como el susurro de la de Georgiana sonaba con acento extraño y distante.
Después, Tuck, que le palmeaba alegremente la espalda, los felicitaba a ambos y charlaba como un descosido. El párroco les felicitó también efusivamente. Por último, se le aclaró la mente con la maravillosa certidumbre de que estaba ya casado con Georgiana.