Código del oeste

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Si Cal se había sentido en un extraño estado de ánimo cuando venía camino de la cabaña, se sentía aún peor al abandonarla. Condujo a la muchacha hasta el borde del claro, donde tenía atado el caballo. Montaron en seguida, salieron del espacio cercado, echando por el bosque, y entonces se produjo un peculiar cambio en su situación mental. Le ocurrió en el preciso instante en que Tuck y el párroco se perdían de vista. Ahora estaba a solas con la joven, y existía bien poca probabilidad de que encontraran a nadie. Antes temía semejantes encuentros, pero actualmente importaría poco que fueran vistos por quienquiera que fuese. Lo imposible estaba realizado. Georgiana Stockwell era ya legalmente su mujer. Por un momento vivió en un éxtasis de felicidad. Mas pronto comenzó a descender a la prosaica realidad. Detuvo el caballo; se apearon ambos, y Cal se puso a acortar los estribos. Georgiana, muy cerca, le observaba atentamente. ¡Cómo sentía él el peso de aquella mirada! Él, por su parte, evitaba que sus ojos se encontraran con los de ella. La molesta simulación que había estado sosteniendo no podría prolongarse mucho más.

—¿Va usted a seguir el camino a pie? —inquirió Georgiana.

—Sí. La senda es difícil y empinada. Yo iré a pie, y tú, a caballo.

—¿Es cierto lo que dijo Tuck Merry…, que me va a llevar al homestead?


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