Código del oeste

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El profundo silencio que dejó detrás fue otra prueba del extraordinario dominio que sobre sí ejercían aquellos sempiternos bromistas. A Cal le preocupó, y al mismo tiempo comenzó a excitar su naciente antagonismo. La tarea encomendada por la buena maestra había asumido más que enfadosas proporciones. Manifiestamente les había suministrado a su primo y demás compañeros una oportunidad extraordinaria para poner en práctica alguna de sus acostumbradas burlas. Pero ¿serían capaces de hacerle a la hermana de la señorita Stockwell algo realmente grosero o descomedido? Cal no podía creerlo, ni siquiera ofuscado por el enojo, como se hallaba en aquel instante. Pero los endiablados mozos eran capaces de cualquier desatino, en lo que a él concernía, y llegarían a extremos inimaginables con tal de ocasionarle un verdadero mal rato.

Fuése directamente a examinar el «Ford». Lo habían hecho trabajar tres o cuatro años más de lo que normalmente podía dar de sí; pero se conservaba aún en uso milagrosamente y no tenía tan mal aspecto como su ancianidad y el mal trato recibido hubieran más que justificado. De hecho, no era otra cosa que un montón de hierro viejo, pero lo disimulaba muy bien, gracias a que el padre de Cal lo había revestido recientemente con una capa de cierta pintura de la que quería desembarazarse.


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