Código del oeste
Código del oeste Cal miró a los cuatro compinches con expresión de creciente rabia. Finalmente estalló:
—Wess, te apuesto un caballo contra una bolsa de tabaco a que recibirás una tunda por esta tramoya.
—¡Oye, tú! ¿De qué tramoya estás hablando? ¿Y quién me va a dar la tunda? Seguramente que no serás tú, primo Cal, porque de sobra sabes que no puedes.
—Eso de que no puedo… lo veríamos. Maldito el miedo que tengo de probarlo una vez más, y si me saliera mal… ¡Por Cristo! ¡Ya habría quien se encargara de sacudirte el polvo! —replicó Cal volviéndoles bruscamente la espalda a sus atormentadores y encaminándose a los corrales.