Código del oeste

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La puesta del sol les cogió al borde de las últimas pendientes que debían subir para llegar a la «mesa». Nubes purpúreas se aglomeraban en el Oeste, y entre ellas lucían espléndidos destellos dorados. El Promontorio reflejaba la luz que le venía del poniente, y la Ceja iba a perderse, allá, en el remoto confín, zigzagueando en dirección oriental. El término del viaje se hallaba próximo; la «mesa» la tenían delante y encima: simétrica por todos lados, cubierta de verdura, iluminada por los postreros rayos del sol. La ascensión se hacía difícil, tanto para el hombre como para el caballo. Cal descansaba con frecuencia, y en esos intervalos dirigía la vista hacia la Hoya, que gradualmente iba entenebreciéndose. Ni una sola vez miró a Georgiana.

Por último, la cumbre de la «mesa» dejó de parecer inaccesible. Pronto alcanzaron el terreno llano, por donde Cal condujo al caballo, a través del boscaje de copudos enebros, hasta el claro donde tenía su cabaña.

Allí, al divisar el flamante refugio donde hubiera debido constituir su hogar, experimentó una horrible sensación de angustia, como si la aguda punta de un puñal le desgarrara el pecho. ¡Aquél era su homestead! ¡Qué irrisión, aquella manera de conducir a su esposa al hogar! A la mortecina luz del crepúsculo, la cabaña parecía presagiar la soledad que siempre tendría que pertenecerle.


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