Código del oeste

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XIV

Al golpear la puerta, sin violencia, pero con energía cuando salió Cal, Georgiana dio un pequeño salto. Por un momento permaneció donde estaba, temblorosa, pasando de la incertidumbre y el temor a una sensación de desencanto, mientras contemplaba el sitio por donde su esposo había desaparecido. Luego, obedeciendo al instinto, corrió a la puerta y la aseguró bien con la pesada barra de hierro. Este sencillo acto le pareció que constituía una vasta y extraña diferencia.

Las piernas amenazaban con ceder al peso del cuerpo, y la cabeza se le iba. Acercóse al lecho y se tendió en él, quedándose inmóvil largo rato, asediada por vagos y confusos pensamientos. Este estupor fue disipándose poco a poco, y al cabo se incorporó, consciente de una gran fatiga corporal y atormentada por un terrible dolor de cabeza; pero, por otra parte, recobrando gradualmente el pleno dominio de sus facultades.






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