Código del oeste
Código del oeste Al golpear la puerta, sin violencia, pero con energía cuando salió Cal, Georgiana dio un pequeño salto. Por un momento permaneció donde estaba, temblorosa, pasando de la incertidumbre y el temor a una sensación de desencanto, mientras contemplaba el sitio por donde su esposo había desaparecido. Luego, obedeciendo al instinto, corrió a la puerta y la aseguró bien con la pesada barra de hierro. Este sencillo acto le pareció que constituía una vasta y extraña diferencia.
Las piernas amenazaban con ceder al peso del cuerpo, y la cabeza se le iba. Acercóse al lecho y se tendió en él, quedándose inmóvil largo rato, asediada por vagos y confusos pensamientos. Este estupor fue disipándose poco a poco, y al cabo se incorporó, consciente de una gran fatiga corporal y atormentada por un terrible dolor de cabeza; pero, por otra parte, recobrando gradualmente el pleno dominio de sus facultades.