Código del oeste
Código del oeste Como no hiciera ademán de acompañarle, permaneciendo quieta, con los ojos dilatados, se posesionó él de su pequeña diestra y la condujo fuera. El temblor de la mano y la viscosidad de ésta significaba mucho. Tuvo que apremiarla tirando de ella un poco, para hacerla pasar a la otra habitación.
¡Qué agradable, qué cómoda y alegre era! El ambiente estaba tibio, y la leña de enebro, el arder, despedía grata fragancia.
—¿No es cierto que es bonita? —preguntó Cal sin mirarla y soltándole la mano.
Georgiana no contestó.
—Vaya, ya has tomado posesión —continuó él, apresuradamente—. Mira…, éste es el cerrojo para cerrar la puerta. El tío Gard asegura que ni un oso gris podría entrar aquí con el cerrojo echado.
Después extrajo el revólver de la vaina y lo puso sobre la mesa.
—Probablemente no te hará falta, pero ahí lo tienes —dijo encaminándose hacia la salida.
De repente, irguió la cabeza con orgullo y decisión, y la miró con ojos tristes, llenos de penetrante sentimiento.
—Buenas noches —exclamó marchándose y cerrando la puerta tras de sí.