Código del oeste
Código del oeste —Está lista —fue la respuesta—. He hecho lo mejor que he podido… Tengo los dedos torpes esta noche.
—No es extraño —manifestó él, arrastrando un banquillo para sentarse. Y, tras echarle un vistazo a la mesa—: Si está tan buena como parece…
El mozo tenÃa apetito, y, deseoso de ahorrarse a sà mismo molestias y de ahorrárselas a la joven, púsose a cenar sin hablar de nuevo, excepto para preguntarle si ella no comÃa.
—Temo que me serÃa imposible —respondió Georgiana. Pronto terminó él, y, levantándose, dijo:
—Bromas aparte, Georgie, ha sido una buena cena. No hay peligro de que se me olvide. Y ahora fregaré los platos.
—Cal, está distinto…, ¡igual que era antes! —exclamó dejándose llevar de un súbito impulso.
—¿Quién? ¿Yo? Ah, eso es porque me he «limpiado» —repuso Cal, sonriendo.
—No comprendo —dijo ella, dubitativa, aunque no hostil.
—Bueno, Georgie, nunca me has comprendido, y lo triste para mà es que nunca me comprenderás. Ven, quiero que veas la otra cabaña.
—¿La otra cabaña?
—Seguro. Ésta es solamente la cocina. Ven.