Código del oeste
Código del oeste Marchó al exterior, dejando la puerta abierta, y el ancho chorro de luz le siguió a través del espacio de porche que existía hasta la entrada de la cocina. Traspuso el umbral con paso enérgico. Georgiana, que en ese momento ponía la mesa, se sobresaltó al verle entrar tan de súbito.
Cal le miró cara a cara, sintiéndose hombre normal por primera vez desde hacía largo tiempo. La muchacha había pasado mucho susto, había tenido que cabalgar en exceso y por caminos harto ásperos, pero no había sufrido daño alguno. Él sí que había sufrido moralmente, en medida enorme, y tendría aún que seguir sufriendo. Sobre su cabeza caerían el ridículo y el desprecio. Ella estaba salvada, por lo menos, de los peligros del Tonto. Toda la anterior ficción, todo el morboso anhelo que hasta allí le habían sostenido, se desprendió de Cal como una corteza muerta.
—Creo que no me vendría mal un poco de agua caliente, Georgie —le dijo en tono alegre.
Ella la vertió, de una bullente tetera, en una palangana. Cal se daba cuenta del escrutinio a que se le sometía; pero, aparentando no hacer caso, procedió a lavarse cuidadosamente. Frotóse bien la cara, como si, junto con la mugre, quisiera quitarse la villana expresión que hasta entonces había asumido.
—¿Cómo anda la cena? —inquirió, afablemente, como la cosa más natural del mundo.