Código del oeste
Código del oeste Desensilló el caballo, lo maneó y le dio suelta en el claro. Después cargó con la silla y fue a depositarla al abrigo del porche. En seguida transporté unos trozos de leña, descargándolos junto a la puerta que había en el espacio abierto, cerca de la cocina. Terminada esa faena, penetró en la salita. Tras dar luz a una lámpara, ocupóse en encender el fuego en el hogar. Ejecutado esto pausadamente, inspeccionó la estancia. Era alegre y cómoda. Él y Tuck no habían escatimado esfuerzos para emplear útilmente todos los numerosos y variados objetos comprados en Ryson. Una manta roja, sobre la cama, suministraba una nota de color. ¿Qué opinaría georgiana de los pilares del lecho, que llegaban hasta el cielo raso? Había hasta un espejo y una jofaina blanca, con su correspondiente jarra. Cal pensaba que, para morada de un pionero, aquélla casi pecaba por exceso de lujo. Luego, de pronto, al volver a la dura y fría realidad, cayeron desplomados al suelo sus ensueños: se deshizo como por encanto su castillo de ilusiones. ¡Georgiana no compartiría jamás con él la rústica existencia de un homesteader!
—¡Está medio muerta de miedo! —murmuró con pena—. ¿Qué pensará de mí ahora…? ¡Dios mío!