Código del oeste
Código del oeste Entonces recibió Cal la mayor sorpresa de su vida, pues en el acto ella soltó la chaqueta y se puso en pie. Aquélla no era la Georgiana que él conocÃa. Y, sin embargo, sà que lo era…, con su misma cara, sus mismos ojos (ahora más oscuros y de mirar más fuerte) y su mismo cabello desgreñado. Se le acercó. Algo habÃa cambiado en ella, sin duda.
—SÃ…, yo… le prepararé la cena —dijo con voz trémula.
—¡Aj…! —La exclamación favorita de Cal quedó cortada por el miedo. Sin embargo, equivalÃa a una aceptación.
—¿Hay aquÃ… lo que hace falta? —preguntó la atemorizada esposa.
—Aquà hay de todo, listo para que tú lo uses —replicó él, ceñudo—. Voy a… llevarme el caballo y a ocuparme de algunas otras cosas.
Y se marchó, dando un portazo al salir. El frÃo aire nocturno le refrescó el ardoroso rostro.
—¡Uf! —murmuré recostándose contra un pilar del porche—. ¡La he intimidado hasta hacerla temblar sólo con verme! ¡Maldito Tuck Merry! Merece una buena paliza por esto… ¡Pobre chiquilla! Ha debido ser un infierno para ella, que no es más que una niña. Yo, por mi parte, me he dejado llevar por la sangre que quizá tengo de algún antiguo forajido del Tonto. Soy un condenado bruto, y ahora mismo termina toda la brutalidad.