Código del oeste

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Cal encendió una lámpara. Era grande, nueva, y daba una luz fuerte y brillante. Las manos del muchacho dejaron de temblar, y el corazón fue calmándosele gradualmente. Sin fijarse para nada en la joven, procedió a hacer fuego en la chimenea. Las astillas de enebro, duras y secas, empezaron a arder y chisporrotear. Fue añadiendo más leña, y en breve tuvo una magnífica fogata. Entonces se apartó, conservando en la diestra una gruesa raja, la cual oprimía como si su contacto pudiera animarle a pronunciar el ultimátum preparado por Tuck.

Girando bruscamente sobre sus talones, Cal miró hacia el sitio donde había dejado a la muchacha. Ésta estaba sentada, sosteniendo entre las manos la gruesa chaqueta, que se había quitado. Tenía la vista clavada en él con singular fijeza; pero su aspecto no era el que Cal esperaba y temía. Aun en aquel momento, su belleza y peculiar atractivo le llenaron de desesperación. Pero nada podía impedirle acabar de representar su trágica comedia.

¡Vamos a ver, señora Cal Thurman! —rugió el mozo descargando al mismo tiempo un tremendo estacazo sobre la chimenea, que resonó estruendosamente, haciendo que Georgiana saltara de miedo—. ¡Quiero cenar en seguida…! No voy a rogar que se me complazca; ni pienso darte una serenata para que hagas lo que te digo… ¡Pero quiero la cena… y pronto!


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