Código del oeste
Código del oeste Entonces, acometido por irresistible impulso, obró como un salvaje. De un vigoroso tirón la hizo descender de la silla, recibiéndola entre sus brazos. La oprimió tan estrechamente, que su débil resistencia resultó inútil. Y la besó con ansia, con verdadera furia, casi con tanta violencia como la empleada por ella para abofetearle. Toda su cólera, todo su amor, toda su agonía, encontraron terrible expresión en los besos que le prodigaba, sobre los ojos, sobre los labios, sobre las mejillas… El frágil cuerpecillo, antes contorcido por la resistencia, se tornó al fin fláccido e inmóvil entre los brazos que la aprisionaban. ¿Se habría desmayado de nuevo? Cal se separó un poco para mirarla. Vio los oscuros ojos desmesuradamente abiertos en el semblante pálido, y en el abismo de ellos creyó contemplar su propia alma.
Levantándola en peso, ascendió la escalera del porche y fue hasta la cocina, cuya puerta abrió. Penetró en el oscuro recinto, y a tientas buscó, en una esquina, una especie de sofá que allí había adosado a la pared. Con sumo cuidado depositó su preciosa carga sobre el rústico mueble.
Todo estaba dispuesto en forma de poder hallar en seguida y sin dificultad cualquier cosa que se buscara.