Código del oeste

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Cal soltó la brida del caballo enfrente del porche. Volvióse hacia Georgiana y la halló erguida en la silla, observando la cabaña con evidente curiosidad. Esta segunda caminata no la había afectado mayormente. A la luz crepuscular, se le veía el rostro como empequeñecido y desmejorado.

Tiró él de la manta con que la había protegido y la echó sobre la baranda. Luego le dijo:

—¡Apéate y entra!

Eran las mismas palabras de la cordial acogida de la gente del Oeste a cualquier visitante. Pero en el presente caso sonaban en forma extraña.

Georgiana se mantuvo impasible, sin moverse ni hablar. Tenía la cabeza inclinada un poco hacia atrás. Cal esperaba alguna de sus punzantes salidas, en esa jerga que le haría aborrecerse aún más de lo que se aborrecía ya. Sentía una nerviosidad extrema.

—¡Ven…, esposa mía! —exclamó con voz ronca depositando la diestra sobre un brazo de ella.

De repente, la joven le cruzó la cara con una violenta bofetada. El choque fue tan fuerte e imprevisto, que casi le hizo caer. La parte golpeada le ardía como si le quemara. Su propósito no había sido insultarla, ni mucho menos. Para él, la alusión, aunque pudiera considerarse un tanto burlesca, era perfectamente explicable.


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