Código del oeste
Código del oeste En aquel preciso instante recordó Cal el consejo de Tuck Merry. ¡Tenía que terminar con una escena despampanante! Por pura burla contra sí mismo, reunió fuerza suficiente para encajarle a Georgiana el ridículo discurso final. ¿Por qué no? ¿Qué haría o diría ella? La cosa se le antojaba bastante humorística, a pesar de las desagradables circunstancias. Ella le llamaría «infeliz» y «mentecato», o se reiría en la cara. Sin embargo, las grotescas frases inventadas por Tuck era todo lo que se le ocurría a Cal para el desenlace de su plan. Las pronunciaría, desde luego, aunque no fuera más que por la travesura que encerraban. Después, a menos que el mundo se acabara, le confesaría la verdad. ¿Sería oportuno caer de rodillas a sus pies, rogando que le escuchara… que todo había sido una farsa para atemorizarla, a fin de que consintiera en el casamiento…, que jamás, excepto en defensa propia, le hubiera hecho daño a Hatfield…, que el golpe que la había privado de sentido se lo produjo el choque contra una rama…, que nunca se hubiera atrevido a golpearla él…, que la amaba con todo su corazón…, que si ahora lo abandonaba, ese abandono sería su total perdición? Eso era lo que se proponía declararle sinceramente. Pero quería que cuando ella contase la historia de lo sucedido, tuviera el absurdo final urdido por Tuck Merry, para divertir a los oyentes.