Código del oeste

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—¿Con qué idea habrá dejado aquí ese revólver? —reflexionó Georgiana, y abrió los ojos para mirarlo de nuevo. Recordó las palabras dichas por él en tono significativo: «Probablemente no te hará falta, pero ahí lo tienes…». ¿Para qué? Para un solo fin, bien claro, por cierto, y harto siniestro: para que se protegiera, para que lo matara, si quería. Ese hecho impresionó vivamente a Georgiana y activó sus facultades raciocinadoras. No obstante, las emociones en conflicto obstruían continuamente la marcha lógica de sus pensamientos. ¿Por qué imaginaría él que ella pudiera intentar matarle? ¿No sería una muestra de desprecio eso de pensar que tuviera necesidad de defenderse? O, por otra parte, ¿acaso envolvería su acto una insinuación de que la vida se le había hecho tan amarga que no le importaba el que terminara cuanto antes? Pero, vamos a ver: ¿no la había golpeado él brutalmente con inconcebible e intolerable crueldad? Georgiana recordó en todos sus detalles (como si los sufriera de nuevo) el repentino y terrible porrazo, la sensación de súbita ceguera, las candelillas que danzaron dentro de sus apagados ojos y la negrura del desmayo en que se vio sumida.

—Y no estaba loco… ni borracho —monologaba—. Obró a impulsos del demonio que lleva dentro. Es un digno descendiente de los salvajes montunos del Tonto.


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