Código del oeste
Código del oeste Cada pensamiento, cada cambio de postura, parecía traerle a las mientes a Cal Thurman. Eso acabó por molestarla. A sus ojos, el muchacho se había trocado en un monstruo. ¡Qué abominablemente se había conducido! Se sorprendió a sí misma, doliéndose del amargo error que sufriera al juzgarlo antes, cuando lo tuvo por un buen chico. Pero pronto llegó a la conclusión de que no procedía en justicia, por cuanto ella tenía que admitir que, por su parte, nunca fue precisamente un ángel… Quería apartar a Cal de su imaginación, alejarlo totalmente, como se alejaría ella de su lado a partir del día siguiente.
—Sí…, muy bien…, ¡pero eres su esposa!
Georgiana pronunció estas palabras en voz alta, y le sonaron en los oídos en forma extraña.
Irguióse en la cama, sorprendida y agitada. ¿Era ella quién había hablado? ¿Habría estado soñando? Sentía la sensación de que era otra persona distinta la que profiriera la turbadora exclamación.
El dormitorio, envuelto ahora en las tinieblas, parecía más solitario y frío que nunca. La lumbre, moribunda, apenas daba luz ni calor. Temblorosa, atemorizada, despavorida, buscó de nuevo el protector abrigo de las mantas.