Código del oeste

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—¡Georgie…, mi niña mimada…, no llores! —decía Mary oprimiéndola amorosamente contra su seno—. No estoy enojada. ¿Entiendes? ¡Vuestra fuga me ha hecho la mujer más dichosa del mundo!

—¡Te ha hecho… dichosa…, Mary! —balbució la joven sosegándose un tanto y demostrando asombro.

—Desde luego que no me comprendes —repuso Mary— pero ya te irás dando cuenta pronto, querida. Pasemos adentro. Estoy medio helada.

Tomó consigo a Georgiana, después de ordenarles a los hombres que la acompañaban:

—Descarguen todo eso y colóquenlo aquí en el porche.

Entró en la habitación, cerró la puerta y abrazó de nuevo a la muchacha, murmurando:

—¡Vida mía! ¡Descaradilla de mi alma! ¡Coquetuela adorada! Conque el preferido era Cal, ¿eh?… ¡Oh, Georgie, soy tan feliz! ¡Estoy que casi pierdo la cabeza!

—Hablas… desatinadamente —replicó Georgiana, con un leve temblor.

—¡Qué cocina tan cómoda y bonita! —exclamó Mary paseando por todas partes su inteligente mirada de mujer que sabía apreciar esas cosas—. Quiero verlo todo. Pero antes, hablemos… ¿Dónde está Cal?


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