Código del oeste

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Mary estaba en el porche, vestida con una corta y pesada chaqueta de piel, cuyo cuello llevaba levantado. Había escarcha sobre el cuello. La dulce faz de la maestra lucía sonrosada, a causa del frío y del ejercicio. Sus grises ojos resplandecían de amor y felicidad. Y la sonrisa que asomó a sus labios en cuanto vio a Georgiana era radiante y bella.

Aquel espectáculo de sincero cariño le cortó el discurso a Georgiana, dejándola momentáneamente muda.

—¡Oh, Georgie…, mi hermanita querida! —exclamó Mary con un semisollozo de júbilo, abrazándola y besándola con tal efusión que casi la sofocaba. Y más aún: Georgiana sintió que el corazón le henchía el pecho y se le nublaban los ojos. Empezaba a sentirse desarmada. La alegría de Mary, al verla, la emocionó con singular intensidad. Georgiana, en aquel trance, experimentaba la necesidad del apoyo maternal, y, a falta de la madre, buscaba refugio en la hermana, que hacía sus veces. Silenciosa, trémula, se estrechaba contra Mary, y a su contacto se desvanecía todo motivo de desvío que entre ambas hubiera podido existir. Quiso expansionarse, hablar, contarlo todo antes de que Mary prosiguiera en sus efusiones, que tomaba por equivocadas, pero tenía atada la lengua.


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