CĂłdigo del oeste
CĂłdigo del oeste —Cuenta, cuenta —la animĂł Georgiana en voz baja, mientras se estremecĂa como si la azotaran con un látigo—. No te preocupes por mĂ.
—Enoch regresĂł del pueblo completamente furioso a causa de lo que habĂa oĂdo…, cosas atribuidas a Bid Hatfield, segĂşn los murmuradores. Tales eran, que Enoch exigĂa que te marcharas en seguida. HabĂas convertido a Cal en el hazmerreĂr del Tonto entero. Y aĂşn peor que eso: si lo que se decĂa llegaba a oĂdos de Cal, Ă©ste matarĂa a Hatfield, sin excusa posible. Yo… me quedĂ© espantada, aturdida y llena de vergĂĽenza. Sin embargo, salĂ en defensa tuya. Le dije a Enoch que no te desampararĂa, ocurriera lo que ocurriese. No estabas bien de salud y consideraba deber mĂo mantenerte a mi lado. Entonces reñimos. ¡Santo Dios! Nunca imaginĂ© que Ă©l pudiera ser tan… tan… ¡quĂ© sĂ© yo! Jamás provoques la ira de Cal, te lo aconsejo. Estos Thurman son verdaderos demonios cuando se enfadan. Bien, pues tuve que decirle a Enoch que se fuera enhoramala. JurĂł, maldijo, parecĂa loco, culpándote y poniĂ©ndote como un trapo. Le obliguĂ© por fin a callar, dándole dos dĂas de tĂ©rmino para que reflexionara, al cabo de los cuales, si no mudaba de parecer, quedarĂa roto nuestro compromiso y yo me marcharĂa para siempre del Tonto…, llevándote conmigo.