Código del oeste

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—¡Georgiana!…, ¡qué pregunta! Cierto es que me has dado mil motivos para retirarte mi cariño; pero siempre te he querido, y quizá todo lo pasado redundará al cabo en bien para nosotras, pues nos unirá más que nunca. Sí que te quiero, hermanita.

Ésta permaneció entonces silenciosa, apoyada la cabeza en el amoroso y palpitante seno. Había recibido un choque terrible. Al parecer, las revelaciones de Mary alteraban el curso de su vida. ¿En qué sentido? Ni ella misma lo sabía. Sólo dos cosas tomaron forma concreta en su alterada imaginación: no se atrevía a despegar los labios y creía tener razón sobrada para despreciarse. Durante una hora, todo lo que podría hacer sería esforzarse en no causarle nuevas angustias a la bondadosa Mary; ocultar su vergüenza y su miseria moral; aceptar, por el presente, su extraño destino, y, en obsequio a los demás, dejar a un lado el egoísmo… hasta que las circunstancias fueran más favorables. Estaba sola. Nadie la ayudaría. Nadie contribuiría a sacarla del embrollo en que se hallaba metida.

—Hermana, lo que puedo decir es que comienzo a ver claro… y que si pudiera vivir de nuevo los últimos meses pasados, mi conducta sería distinta.

Mary la besó con ardiente cariño al contestarle:

—Georgie, eso basta para que hoy sea mi dicha perfecta. ¡Oh, nunca perdí la fe en ti!


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