Código del oeste
Código del oeste Súbitamente, Georgiana se dejó caer contra el pecho de su hermana, y, agarrándose a ella, comenzó a sollozar, diciendo, con voz entrecortada:
—¡Oh… Mary… Mary…! ¡He sido… muy mala!… Más aún… de lo que cree… Enoch… y… ¡quisiera morirme!
—¿Por qué, Georgie? —preguntó Mary con gran zozobra estrechándola tiernamente entre sus brazos—. ¿Qué estás diciendo? ¡Pobrecita! ¡Oh, creo haber sido para ti una madre celosa y buena! Pero, querida, te has resistido constantemente a seguir mis maternales observaciones. Te obstinabas siempre en hacer tu capricho… aunque, ¡gracias a Dios!, todo ha pasado ya. Me complace ver que puedes llorar. Desahógate. Llora a tus anchas. ¡Oh, Georgie, si supieras cuánto me has hecho sufrir! Mas, no importa, no diré nada más. Aquà me tienes, y recuerda cómo solÃas acudir a mÃ, cuando eras pequeñita, para que te consolara en tus penas.
Largo espacio estuvo la joven entregada a las lágrimas. La contenida tormenta se desencadenó, irresistible, agobiándola fÃsicamente. Cuando, por último, empezó a serenarse, pareció acometerla un terror enorme.
—Mary, ¿todavÃa…, me quieres? —interrogó con voz quebrantada.