Código del oeste

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XV

Eran las cinco de la tarde, y el sol tocaba ya las cumbres de la distante serranía. Hacía dos horas que Mary se había marchado. ¡Dos horas, durante las cuales permaneció Georgiana sentada, inmóvil, afligida por sus emociones y sus pensamientos!

—¿Qué puedo hacer? ¿Qué debo hacer? —murmuró saliendo de aquella enervada inactividad. Púsose a pasear por el cuarto, recorriendo con la vista las importantes mejoras efectuadas por Mary en la distribución y el arreglo de los muebles y adornos. ¡A qué prueba estuvo sometida, mientras le ayudaba a su hermana a transportar el baúl, las maletas, las cajas y demás bultos que contenían todos sus efectos, observándola luego y escuchándola, en tanto lo desempaquetaban todo y la bondadosa maestra procedía a colgar unas cosas, a cambiar de sitio otras, y quitar y poner, hasta dejar el interior de la cabaña totalmente transformado! Los retratos, cuadros, banderolas y otras mil chucherías, a las que tenía cariño y que en Green Valley, por falta de sitio, permanecían guardadas, contribuían allí al embellecimento de la estancia, prestándole alegría y color.

Georgiana miraba y remiraba, en su ansiedad, como si aquellos inanimados objetos que le pertenecían pudieran hablar para comunicarle algún sabio consejo. Pero si le hablaban, era para recordarle pasados placeres, gratos momentos lejanos, las comodidades del hogar paterno…, todo ello fuera de oportunidad actualmente.


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