Código del oeste
Código del oeste Eran las cinco de la tarde, y el sol tocaba ya las cumbres de la distante serranÃa. HacÃa dos horas que Mary se habÃa marchado. ¡Dos horas, durante las cuales permaneció Georgiana sentada, inmóvil, afligida por sus emociones y sus pensamientos!
—¿Qué puedo hacer? ¿Qué debo hacer? —murmuró saliendo de aquella enervada inactividad. Púsose a pasear por el cuarto, recorriendo con la vista las importantes mejoras efectuadas por Mary en la distribución y el arreglo de los muebles y adornos. ¡A qué prueba estuvo sometida, mientras le ayudaba a su hermana a transportar el baúl, las maletas, las cajas y demás bultos que contenÃan todos sus efectos, observándola luego y escuchándola, en tanto lo desempaquetaban todo y la bondadosa maestra procedÃa a colgar unas cosas, a cambiar de sitio otras, y quitar y poner, hasta dejar el interior de la cabaña totalmente transformado! Los retratos, cuadros, banderolas y otras mil chucherÃas, a las que tenÃa cariño y que en Green Valley, por falta de sitio, permanecÃan guardadas, contribuÃan allà al embellecimento de la estancia, prestándole alegrÃa y color.
Georgiana miraba y remiraba, en su ansiedad, como si aquellos inanimados objetos que le pertenecÃan pudieran hablar para comunicarle algún sabio consejo. Pero si le hablaban, era para recordarle pasados placeres, gratos momentos lejanos, las comodidades del hogar paterno…, todo ello fuera de oportunidad actualmente.