Código del oeste
Código del oeste La lumbre que ella y Mary habÃan encendido brillaba con intenso fulgor en la chimenea, emitiendo su confortable calefacción y también se le antojaba inoportuna, inadecuada, falsa, mentirosa…
—Heme aquÃ. No me he marchado. Él volverá pronto… ¡Y soy su esposa! —gimió en el colmo de la desesperación.
Entonces se le ocurrió que tendrÃa que quedarse. Su única esperanza de escapar se habÃa malogrado. Claro está que no carecÃa de ánimo para fugarse, yéndose a cualquier parte, lo más lejos posible de aquel odioso homestead. Mas, en primer lugar, tenÃa miedo de la selva, de noche. (¿Qué ganarÃa con exponerse a las torturas del hambre y del frÃo?). Y, además, se veÃa obligada a permanecer a causa de Mary, por lo menos hasta que ésta se hubiera casado con aquel tozudo de Enoch.
—Tengo que quedarme —admitió acompañando la resolución con un gesto de angustia—. Si me voy ahora, dirán que he abandonado a mi marido al dÃa siguiente del matrimonio. ¡Cielo Santo! Eso serÃa la desgracia de Mary. Estoy amarrada. Ahora me toca pagar por mi… tunanterÃa.