Código del oeste
Código del oeste Aparentemente, su decisión de quedarse no mejoraba el estado de cosas. En realidad, toda decisión era superflua, puesto que no le quedaba alternativa alguna. Lo que más inquietaba a Georgiana por el momento era la absoluta necesidad de dejar su orgullo a salvo. Pura vanidad, es cierto, y ella lo sabía.
—¿Qué voy a decirle…, cuando regrese y me encuentre todavía aquí? —se preguntó—. He de urdir algún plan.
La simulación había sido uno de sus preferidos pasatiempos infantiles, y, ya mayor, se había convertido en su característica predominante. De súbito tuvo una inspiración. ¿Por qué no ensayar la honradez? En menos de veinticuatro horas le había cogido más miedo a Cal que a nada en el mundo. Se devanaba los sesos en busca de medios para engañarle…, para demostrarle que no le temía…, y para salvar su propio orgullo. Al darse cuenta de lo que estaba pensando, se avergonzó.
—¡No! —murmuró—. Seré franca. Le tengo un miedo mortal, y no trataré de ocultárselo… ¡Me ha golpeado! Yo podría perdonarle una bofetada; pero me golpeó como un hombre a otro. Le odio, y si lo hace otra vez, ¡lo mato!