Código del oeste

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En este preciso instante en que la joven se abandonaba al temor y al apasionamiento, una voz interior parecía decirle, acusadora: «Mereciste ese golpe, por brutal que haya sido». Pero un inmediato repudio silenció al acusador. Hallábase ella aún muy lejos de la humildad. Sin embargo, le remordía la conciencia, y al pensar en la lealtad de Mary se le inundó el corazón de amor y gratitud. Su egoísmo sufrió un momentáneo eclipse.

La inconsciente desfachatez con que había procedido hasta entonces le había acarreado toda suerte de males, y ya era hora de que dejara de ser embustera y falsa.

—Seré franca —repitió decidida—, y me atendré a las consecuencias.

Inmediatamente pasó a la cocina y concentró su atención en la importante tarea de preparar la cena. El corto día invernal tocaba a su fin, y el crepúsculo vespertino envolvía la «mesa». Encendió la lámpara. Luego pensó en su gracioso delantal. Corrió a la otra pieza, buscó la prenda (eligiendo la más bonita, entre varias que poseía), púsosela y se miró al espejo, para ver qué tal le sentaba. De vuelta en la cocina, avivó el fuego de la chimenea y se ocupó en los preparativos de la comida. Con las manos atareadas y preocupada su mente, olvidó sus temores, hasta que oyó pasos en el porche y un golpecito de llamada en la puerta.

—¿Quién anda ahí? —preguntó.


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