Código del oeste
Código del oeste —Soy yo; Cal —fue la respuesta, dada con voz fatigada.
—Entre.
Entró el muchacho, con aire cansado, todo sucio, cubierto de polvo y de restos de maleza, cojeando algo al andar. De su ropa se desprendía un fuerte olor selvático, especialmente a pino.
—Me encontré con Mary allá abajo, en la escuela —dijo—. Tú no le has dicho nada, ¿verdad?
—No —repuso ella con la mayor sencillez.
—¿Por qué?
—¿No se ha enterado usted del disgusto que tuvo con Enoch por causa mía?
—¡Ajú! Enoch es un viejo puerco-espín. ¿Hicieron ya las paces?
—Sí. Y yo… no me animé a hablar.
—Admito que hubiera sido duro… ¿Y es ésa la razón de que aún estés aquí?
—En gran parte… Pero… no tengo ningún deseo de que me sigan tratando como ayer.