Código del oeste
Código del oeste Él la examinó con mirada triste y reflexiva. Parecía que las horas de aquel día le habían cambiado tanto como a ella. Sin una palabra más, llenó de agua la palangana, colocóla sobre un banco y procedió a lavarse. Georgiana le observaba con el rabillo del ojo, mientras trajinaba de un lado para otro. Cuando, por último, se presentó Cal a plena luz, ella le miró a la cara, con interés. La ablución le había limpiado las manchas del trabajo, pero acentuando las señales de fatiga y pena. Mostraba a las claras el sufrimiento moral que estaba padeciendo. En un día había envejecido años. Ya no era el muchacho de antes.
—¿Puedo ayudarte en algo? —le preguntó, como si de pronto se hubiera dado cuenta de que estaba ella trabajando.
—Ya está hecho casi todo —repuso Georgiana; y ahora, que notaba el examen a que la sometía, evitaba mirarle.
Poco después fue servida la cena. Sentáronse frente a frente, en completo mutismo, excepto por las escasísimas palabras indispensables en la mesa. Cal comía mecánicamente, sin su apetito habitual. Tenía la frente contraída como si meditara sin cesar.