Código del oeste

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—Me creen inútil para todo, menos para divertirme con los muchachos —murmuró sombríamente—. Todo el mundo piensa mal de mí, excepto Mary. El mismo Cal, apuesto a que ahora no me tiene por buena. ¡Y todo, porque he tonteado un poco con estos rústicos pazguatos!… Está bien: la pequeña Georgiana los va a embromar ahora en otro sentido.

En consecuencia, trazóse minuciosamente planes para la ejecución de las necesarias faenas domésticas y para las múltiples mejoras que era posible llevar a cabo en el arreglo y confort de la vivienda. En seguida puso manos a la obra. Al llegar la noche, estaba rendida de cansancio.

El siguiente día, a eso de las doce, tuvo visita: su suegro, el viejo Henry Thurman.

—¡Hola, hola! ¿Qué hacéis vosotros por aquí? —le preguntó el anciano con semblante regocijado.

—Cal está construyendo una cerca en el campo de su tío, y yo estoy de trabajo hasta los ojos —repuso Georgiana.

Henry zancajeaba de un lado para otro, inspeccionándolo todo, haciendo infinitas preguntas, y cuando acabó con la cocina, ejecutó idéntica faena en la otra pieza.

—Bueno, hay mucha gente aquí en el Tonto que charla por charlar —dijo por fin, en tono enigmático—. Hija, te aseguro que Cal es un hombre dichoso.


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