Código del oeste
Código del oeste —Gracias —contestó la joven, satisfecha por el cumplido. Era una victoria bastante falsa; sin embargo, no dejó de halagarle.
—Georgie, ¿qué deseas como regalo de boda? —le interrogó el bondadoso anciano haciendo una amplia mueca—. Para eso he venido, principalmente. Pero a nadie le he dicho una palabra.
—Es usted muy amable; pero, en verdad, no deseo nada —respondió ella.
—Bueno, bueno. Vamos a cuentas. De fijo que algo querrás. Un matrimonio joven, que empieza la vida de casados en un homestead, necesita muchas cosas. Anda, hija mÃa, piensa un poco.
De repente se acordó Georgiana de sus planes de trabajo y mejoras en la cabaña.
—Si le digo lo que me gustarÃa tener, ¿me guardará el secreto… por algún tiempo? —inquirió.
—Te doy mi palabra, Georgie.
—Me agradarÃa una máquina de coser y telas en abundancia.
—¿De ésas para vestidos, no?, —quiso puntualizar con sonrisa de entendido en asuntos femeniles.
—No, por cierto. Para hacer cortinas, sábanas, fundas de almohadas, manteles, toallas… ¡Oh, un montón de cosas!