Código del oeste

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—¡Vaya, vaya!! ¡Qué me lleve el diablo! —profirió Henry Thurman, gratamente sorprendido—. Hija, estoy orgulloso de ti. Escribe en un papel la lista de cuanto necesites. La mandaré a Ryson, de donde la transmitirán por teléfono a Globe, para que lo envíen todo por el coche-correo. Después te lo traeré aquí sin demora y cerraré el pico para que nadie se entere.

Entre mucho trabajar y no escaso dormir, fuéronle pasando rápidamente los días a Georgiana, y aunque todos le parecían iguales, había algo intangible que iba creciendo con ellos. En cuanto a Cal, si mostraba alguna diferencia, era en la mirada de admiración y azoramiento que le lanzaba cuando creía no ser visto. Tras esa mirada se le marcaba en el semblante una expresión de aguda pena, la cual ocultaba marchándose fuera de la casa precipitadamente o volviéndose, para disimular.

Georgiana se había impuesto una tarea casi superior a sus fuerzas. Pero, una vez decidida a realizarla, se mantuvo firme y resuelta. Hasta partía leña y acarreaba agua, cuando la ausencia de Cal la obligaba a ello.



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