Código del oeste
Código del oeste Durante ese tiempo, Cal había ido aumentando lo que tenía en su homestead. Del rancho de su tío Gard trajo gallinas, cerdos, dos vacas y un ternero, así como también varias cargas de sorgo y otros forrajes con qué alimentarlos. De ese modo, el corral, el gallinero y la porqueriza recibieron ocupantes que, con su presencia y el consiguiente bullicio, proclamaban que habían comenzado en serio las actividades del novel ranchero. La llegada de esos nuevos huéspedes no añadió trabajo para Georgiana, por cuando era Cal quien se ocupaba de ellos. No obstante, en cierto modo, acrecentaron la responsabilidad de la flamante dueña de casa. Y, naturalmente, tanto ésta como su marido, vieron que les era imposible, por muy distanciados que quisieran mantenerse el uno del otro, no participar en la convivencia que las circunstancias imponían. Al fin y al cabo, aquel homestead era de Cal a despecho de sí misma, y Georgiana, que se había impuesto el deber de colaborar, por el momento, con él, no podía desinteresarse de nada. De noche, cuando volvía el mozo de su trabajo, ambos hablaban de los sencillos acontecimientos del día y de las necesidades y proyectos para lo futuro. Cal jamás hacía ni la más leve alusión a su amor, y la muchacha, gradualmente, iba perdiendo el miedo. Nunca estaban juntos, excepto a las horas de comer.