Código del oeste
Código del oeste Georgiana se sorprendió a sí misma, cierto día, observando una tempestad que se cernía sobre el Promontorio.
De súbito, cayó en la cuenta de que se había abandonado a extraños sueños. Abstraída momentáneamente de todo, experimentaba un vago placer. Más adelante, descubrió que esos instantes de abstracción se repetían con frecuencia, convirtiéndose en un hábito. El descubrimiento la dejó maravillada y suspensa. Haciendo un detenido examen de conciencia, arribó a la conclusión de que se le habían despertado facultades que ignoraba poseer. Su olfato percibía con agrado el fragante aroma del enebro, el selvático perfume de la floresta de pinos y el helado aliento de las brisas norteñas. La dilatada y zigzagueante Ceja, con su dorada faja de riscos, sus nevados picachos y sus negras manchas de bosques, seducían a su atención, hasta dejarla absorta. Las puestas de sol, con sus masas de nubes multicolores, la sacaban de la cabaña, transida de entusiasmo. La bruma color lila de los cañones, el purpúreo dosel de las serranías, eran espectáculos que la encantaban, y se sentía tan desilusionada cuando no se presentaban, como conmovida cuando le era dado admirarlos en toda su fugaz belleza.