Código del oeste

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Más aún la perturbó la certidumbre de que se había aficionado grandemente al ternero y a las gallinas. Los cerdos no le causaban repugnancia. Y a un minúsculo ratoncillo que había tomado posesión de la leñera, colocada junto a la chimenea, consiguió domesticarlo tanto, que jugaba con él en los ratos desocupados.

Ante hechos semejantes, Georgiana no sabía qué pensar.

—Me estoy volviendo tonta. Debe de ser la soledad —suspiró, sin darle mayor importancia al asunto.

Una noche llegó Cal con aspecto muy preocupado.

—Enoch envió aviso para que no faltemos mañana a Green Valley —dijo—. Él y Mary van a casarse.

—¡Oh!… ¿Hace ya un mes desde que…?

—En efecto —repuso Cal con sequedad—. ¡Mañana hará un mes! A mí me parece que ha pasado un millón de años desde entonces… ¿No quieres asistir a la boda de tu hermana?

—¡Qué remedio me queda! —replicó Georgiana, atribulada—. Mary se ofendería… Y, además, iré con gusto. ¿Usted no?

—Francamente, yo, por mi parte, preferiría no ir. Pero si tú puedes afrontar tranquilamente la situación, también podré yo. Estarán todos los Thurman, y una multitud de otra gente. Todos aprovecharán la oportunidad para felicitarnos.


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