Código del oeste

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—¡Ah! Es cierto. Se me había olvidado. Será bien embarazoso… ¿eh?

—¡Ajú! En mi opinión va a ser terrible. Lo dejo en tus manos. De no ir yo, se molestará mucho Enoch. Pero maldito lo que me importa.

—No estará bien que faltemos. Enoch le quiere muchísimo, Cal. Lo echará mucho de menos. Y, por otro lado, no podemos ofrecer ninguna excusa razonable. Sólo de pensar que voy a encontrarme con tanta gente, me entra un miedo atroz.

—Nos suponen felices en nuestro nuevo estado —exclamó el muchacho riendo penosamente.

Aquella risa la incomodó tanto, que Georgiana replicó, sin poder contenerse:

—El tono con que lo dice implica que, a juicio de usted, su actual infelicidad es inmerecida.

—¡Ajú! Bueno, en fin de cuentas, ¿vamos o no vamos?

—¡Oh, tendremos que ir!

—Magnífico. Pero hazme el favor de no olvidar que te he dejado en absoluta libertad de escoger. Y bueno será que desde ahora mismo echemos nuestros cálculos… Tendremos que cabalgar de firme, tanto a la ida como a la vuelta, para regresar de noche, ya bien tarde. La cosa no va a ser ningún juego.

—Mas ¿por qué tan de prisa? —inquirió la joven extrañada.


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